viernes, 20 de junio de 2014

Viviendo el sueño (II)

"Me llamo Axel pero me dicen Relaxel" me dijo antes de soltar la clásica risita de todo buen marihuano.  
El broder apestaba a mota y me miraba con ojos chinos e hinchados. Arrastraba los pies al caminar y las palabras para hablar. Pareciera como si la comisura de sus labios fueran a intersectarse con la esquina de sus ojos por sonreír tan despreocupadamente. 

Intenté sacarle conversación. Le pregunté cuánto tiempo llevaba viviendo en San Pedro y me respondió que cerca de un año. Intrigado seguí haciéndole preguntas sobre cómo había decidido irse a San Pedro y dejar la ciudad o qué le dijeron sus viejos cuándo se fue de la  casa. Él no estaba interesado en mi plática y se limitaba a responder con un "no sé broder, no me acuerdo" a manera que no interrumpiera su trip interno. 

Teniamos que ir a la casa de Selvin, el menor de 7 hermanos y uno de los pocos aventureros capitalinos que huyó de la ciudad en busca del paraíso prometido. A los 18 años él y su novia decidieron irse de una buena vez de este pueblón que llamamos ciudad. Estaba harto de vivir en represión, de fumar a escondidas y sobre todo del tedio citadino. Según me contó un amigo de su hermano, una madrugada cualquiera, agarraron sus chivas y con sólo 100 varas se fueron hasta San Pedro en el primer bus que pudieron.



Los marihuanos son la misma persona en diferentes cuerpos. Hubo una ocación donde una conocida me dijo que el dinero era una mierda y que a ella le encantaría irse a vivir a Pana. "Mano, si hay que parchar para vivir, parchamos. Con tal de no vivir en este Sistema de mierda ¿ya?". Me hablaba del Sistema como si supiera que era, como si conociera todas las partes y todos los engranajes que conforman la máquina, como si fumar marihuana le hubiera abierto los ojos a una realidad que solo los marihuanos tienen derecho, sin darse cuenta que ella es una pieza de repuesto para este Sistema. La última vez que la vi seguía trabajando en un kioco en un centro comercial de la Roosevelt.

Siempre que destapábamos un litro en el chupadero de la USAC donde sólo reggae ponen, no pasaba mucho tiempo para que alguno empezara a hablar sobre mítico Selvin. Siempre. Sin excepción alguna. "Ese maje, calidad de persona vos. El maje con 100 varas se fue a San Pedo y empezó de 0, ahora ya tiene su chante y toda mierda. Pero, sí... Cuando llegaron, él ya la mújer parchaban y así sacaban algo de varandas para tramar y la duwi"

Relaxel se detiene y me toca el hombro como si hubiera tenido una epifanía: "amigo, acompáñame y luego vamos con Selvin". Había llegado al pueblo con 2 amigos más pero ellos seguían dormidos por tantos bongs, spliffs, clutches y qué sé yo que más. Yo seguía ligeramente ebrio, nada más. Nada que una michelada no pudiera arreglar. "Espérame aquí ¿vale?" No entendía cuál era la puta gana de hablar como extranjero, si probablemente vivía en Villa Nueva como yo y 1 millón más de ordinarios. Relaxel quitó el candado de un portón con maya metálica que dejaba ver hacia adentro. Había un pick-up corinto y muchas hamacas afuera de los cuartos celestes. Era otro hotel más para turistas. Americanos bohemios, disfrutando del tercer mundo hecho a su medida. Hoteluchos basura lo suficientemente aceptable como para pasar hasta 3 meses tomando Gallos y fumando San Pedrana Golden, alejados del mundo pero conectados a Internet.

Mientras esperaba, pensaba cómo putas podría alguien irse a vivir a un pueblo tan desgraciado como San Pedro La Laguna. Ya había estado una vez antes en San Pedro y tuve la misma percepción la segunda vez que fui. ¿No es suficientemente sub-desarrollado la Ciudad como para querer irse a vivir a un pueblo donde pareciera que todo se reduce a ácidos, coca y marihuana? 



"Vos comete una carretada de caca, cerote. ¿Me vas a decir que preferís los motocacos y las colas del horto que se hacen en vez de vivir de lo más fresh en Sampedrogas?" Y tenía razón, ningún clasemediero quiere embotellamientos ni paranoya en cada semáforo. Pero realmente no viviría en un pueblo donde la mitad son extranjeros y la otra mitad son indígenas y no me puedo indentificar con ninguno de ellos. No podía creer que yo, con mi pelo largo y mi playera de Pink Floyd prefiriera vivir en el mundo urbano que en un paraíso de leyendas y desenfrenos. Algún tiempo atrás hubiera, con un poco más de huevos, hubiera dado lo que fuera para vivir la vida del bohemio chapín. Después me di cuenta que hasta los bohemios necesitan dinero y, ahí fue cuando rechacé la idea de vivir en una casita, alejado del mundo, fumando yerba y escuchando rock progresivo mientras el mundo se cae a pedazos. Es una vida aburrida y hasta más rutinaria que la vida de ciudad. 

Preferiría mil veces vivir en una casa digna de Inmobilia en la Zona 16, con una Prado, un BM y un Porche estacionados frente a mi portón americano que vivir en una champa bien armado en una comunidad para cuasi-junkies. Preferiría oler rico todos los días. Cargar mis tennis limpios todo el tiempo. Hartarme en Jack Francois y vomitar medio salario mínimo afuera de Plus de Cayalá. Prefiero el ruido de la ciudad, la incoherencia de New York, la plasticidad de L. A, o la homosexualidad abierta del D.F. Por lo menos, quisiera vivir en una ciudad donde los bares estuvieran abiertos los domingos y pudiera caminar ida y vuelta, sobrio o ebrio, sólo o acmopañado, sin miedo de ser asaltado.

Para bien o para mal, vivo en el país con la ciudad más fea del mundo. La ciudad donde se rumorea sobre el amigo de un amigo que se quedó en el trip por meterse demasiados hongos y sobre aquel cuate que probó la florifundia pero no le pegó. La ciudad donde soñamos con encontrar una tierra virgen y mágica cada vez que vamos a Atitlán. La Ciudad de Guate/sque/fijese/que.

Prendí un cigarro para matar el tiempo. Luego prendí otro y otro más. Desde lejos vi una xten, blanca como la leche, con un gran sobmrero sobre su larguísimo y abundante cabello naranja. El sombrero la daba suficiente sombra como para caminar sin quemarse sus delgadas y pequeñas piernas casi transparentes. Ni sus piernas o sus brazos salían del cículo hecho sombra gracias al sombrero.  Me impactó lo claro de su piel. Era casi molesto para la vista ver algo tan claro. Como cuando la luz pega en el papel aluminio y el reflejo te da justo en los ojos, forzándote a apretar los párpados o voltear la midada para que no te duela el nervio óptico. Ente más cerca estaba era más evidente que su piel no era de estas tierras. Emanaba suavidad. Esa suavidad que te produce apretar la mandíbula porque te da nervios de primero tocarla despacito solo con la yema de los dedos, después de enterrarle las uñas y por último morderla para descargar todos los nervios restantes y así respirar aliviado. Era una cuadra larga y ella, puro Ütz, no tenía ninguna prisa, ¿Qué prisas pueden haber en Atitlán? No quería parecer puro idiota desocupado (como si estar  paseando el 4 de enero no fuera suficiente prueba para declararme trabagador) así que predni otro cigarro más, esperaba que durara lo suficiente como para que me viera fumando. Ya solo me quedaban 6 convertibles y 2 Luckys. Aposté a la suerte. Entre más se acerbada al final de la cuadra, donde yo estaba mi cigarro se hacía más pequeño.

Estaba tan concentrado en ella y su piel descubierta que había olvidado por completo que estaba afuera de ese hotelucho por culpa de Relaxel. "Amigo ¿Quieres entrar? Unos amigos y yo estamos viendo Family Guy" — Sí, dame chance, sólo me termino este cigarro.— La verdad es que quería terminar de sabrosear a mi musa San Perdana. Quería ver de cerca sus jeans convertidos en shorts, sus sandalias de 60 dólares, su blusa negra de mangas largas, las estrellas en los costados dde su abdómen, su gigantesco sombrero y sobre todo su piel que todavía me eriza.

Al pasar frente a nosotros nos vio a los ojos y con un español retorcido nos dijo "bujenas dehas" (intentando darnos los buenos días y ¡vaya que si era un buen dia para verla!) Yo respondí con un simple y plano buenas, tradicional de toda entrada de negocio. Relaxel fue más allá con su saludo y le dijo "vibra positiva, hermanita". —¿La conocés?—Le pregunté. Sí, se llama Skyler.— Memoricé su nombre. Skyler, la mujer más hermosa que he visto. Relaxel siguió contándome algo más sobre Skyler, pero no le respondí nada porque seguía pensando en ella y no quería que me cagara ahora a mí, mi trip interno.



Entramos a una habitación del hotelucho. Todos fumaban weed y se reían de las estupideces de Peter Griffin. No es necesario el boost de THC, pero siempre se aprecia el esfuerzo para reír más. —¿Quiere vitamina, maestro?—extendió su brazo poniéndome el blunt casi a la altura de mi boca. No quería, tenía sed y no necesitaba más resequedad en el cielo de la boca. A la par de la laptop donde veían un episodio donde Pewterschmidt quedaba pobre, había un envase de 3.3 litros de Big Cola, —Nel, pero no sé, ¿te puedo robar un poco de agua?— Le señalé el envase abierto —Dele maestrísimo, ahí hay vodka por si quiere echarle— Acepté su oferta. 

Estaba aburrido. Dos episodios después y varias carcajadas, salí de la hotbox. Relaxel iba aún más ensimismado. No habló ni una sola palabra, solo siguió el camino mecánicamente. Yo seguí a Relaxel aunque también iba sumido en mi propio lago de pensamientos.


Antes de doblar a la esquina para la casa de Selvin recibí una llamada de uno de los amigos con los que había llegado al pueblo. Casi 3 horas después habían recuperado la noción del tiempo terrenal. Quedamos en juntarnos frente a la casa de Selvin. Relaxel se despidió y siguió su vida San Pedrana fortalecida en Jah.